FRAGMENTO DE UNA ENTREVISTA AL MAESTRO LUIS JAIME CISNEROS

¿Autores contemporáneos que sigas o te gusten, sean nacionales o de otro país?

En narrativa, estoy con Ciro Alegría, José María Arguedas y Julio Ramón Ribeyro. Y defiendo también la prosa de Miguel Gutiérrez. En poesía, elijo a Eguren, Moro, Westphalen, Sologuren, Eielson, Blanca Varela, Watanabe.

¿Tus lecturas actuales predilectas? ¿Qué autores han sido los más influyentes para ti?

Sigo leyendo a Heidegger (y releyendo). Y siempre busco ensayistas como George Steiner y Umberto Eco. Autores que han sido más importantes para mí: en la Universidad descubrí a Camus, a Kafka, a Rilke. Y me entusiasmé con Bertrand Russell.

Escribiendo tú tan bien, ¿por qué no pensar en una novela, en poemas? ¿O ya se vienen?

Solo una vez Westphalen me convenció para publicar en Las Moradas, y bajo seudónimo, un breve relato. No he vuelto a ceder a la tentación. Mi sitio es estar en el umbral y ser testigo.
Me parece que ahora los jóvenes se atormentan por su futuro, porque hay mucha presión por el éxito, y quieren tenerlo todo claro desde muy jóvenes, cuando evidentemente la vida no es así.

¿Podrías contar cómo fuiste descubriendo tu vocación, lo que te gustaba, la manera de vivir haciendo lo que te apasionaba y que sabías hacer? Recuerdo tus libros de colegio, que comenzaban con una carta al alumno muy personal, que a todos nos gustaba mucho. ¿Cómo sería ahora esa carta para los jóvenes?

Cuando comparo lo que fue mi educación universitaria con lo que me ha tocado vivir en mis largos sesenta años de docencia, destaco un rasgo importante. Esos años fueron para mí los de la guerra europea. Y era explicable que el éxito no constituyera para ninguno de nosotros algo apetecible. Estudiábamos para realizarnos y alcanzar la felicidad. Ahora la existencia de esta sociedad de dinero y consumo explica que a los muchachos les interese el éxito. Pero hay que agregar: tampoco les interesa el espíritu. La carta que yo les escribiría a esos alumnos hablaría de la verdad y la justicia, como grandes objetivos del aprendizaje escolar.

¿Cómo ves la situación del país en términos políticos, económicos, culturales, institucionales? ¿Mejor, peor, igual?

Me apena tener que aludir a la corrupción para referirme a la vida política y económica del país. Eso, que era la excepción y lo insólito, resulta hoy el signo esencial de la vida política. Basta abrir el periódico, y uno descubre cuán herida está la moral en el país.

Como experto en educación, ¿qué medidas plantearías para mejorar la educación escolar, especialmente la pública?

Soy docente, interesado en temas relacionados con mi diario trajín. No me considero un experto. Admito que he aprendido a vivir la educación gracias a mi contacto frecuente con maestros y estudiantes. Una mesa redonda entre docentes serviría para descubrir nuestras carencias en materia educativa. Pero, para empezar, no hay una preocupación nacional por estos temas. Hace años, el Consejo Nacional de Educación propuso un Plan Educativo, que está vigente en el papel. No dará sus frutos hasta que nosotros, como ciudadanos, no sintamos que la educación es un tema personal de cada uno.

Enseñas muchos años en la Universidad. ¿Cuál es el perfil del estudiante universitario de cuando comenzaste, del de 10 años después y del de ahora?

Mi primer contacto con estudiantes universitarios fue en 1948. Sesenta largos años. Puedo recordar cómo eran esos muchachos. Ahora solo puedo decirte que ahí están. Comprobamos, así, qué distintos eran esos verbos, ser y estar.

En los tiempos que corren, ¿cuál es el papel de la Real Academia Española?

La reciente publicación de la nueva gramática de la RAE y la Asociación de Academias sirve para contestar tu pregunta. El uso que del español hacemos españoles y sudamericanos da una clara idea de cómo se transforma y se enriquece el idioma gracias al manejo que le damos para expresarnos.

Tú eres experto en el lenguaje y recuerdo muy bien tu curso de psicología del lenguaje. ¿Los lapsus o actos fallidos expresan deseos o miedos inconscientes?

Mucho ha progresado la psicolingüística, y eso ha enriquecido la tarea de los psicoanalistas. Pero no creo en la cura mediante la palabra. Al respecto, hay un hermoso libro de Laín Entralgo.

Una parte importante del país tiene como idioma original el quechua, el aimara o el shipibo, pero desde que entran al colegio estudian en castellano. ¿Cómo afecta esto al aprendizaje, la identidad, la autoestima? ¿Cómo debería ser?

Ése es el nudo umbilical, que explica las dificultades para desarrollar con éxito una plausible política educativa. Todavía nos cuesta entender que somos un país pluricultural y, en consecuencia, plurilingüe. Lo tuvo en cuenta Sendero Luminoso durante sus largos años de terror. Y nunca le dieron al tema los gobiernos la esperable atención. La política cultural bilingüe, cuyas ventajas apreció debidamente el Gobierno de Velasco, no ha alcanzado todavía sus frutos totales. Pero hay que convencerse: el niño debe iniciar su vida escolar en el idioma adquirido en la casa. Acá hay tema para una larga mesa redonda.

¿Alguna vez te han ofrecido ser Ministro de Educación, Director de la Biblioteca Nacional, o Rector? ¿Qué cargo hubieras aceptado o aceptarías?

Me han ofrecido la Embajada en la UNESCO, en la época de Belaunde. No acepté. Nunca habría aceptado ser Ministro de Educación (no soy un especialista) ni Director de la Biblioteca Nacional. Ya he tenido bastante con haber sido Director del Instituto de Filología, en San Marcos, y Decano de Estudios Generales, en la Católica. Me siento más cómodo compartiendo que dirigiendo y comandando.

Tomado de: http://www.revistaideele.com/node/668

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